Pequeñas notas de geografía histórica sobre el Señorío de Molina (II). Los enclaves señoriales.

Tras el parón de Semana Santa regresamos con la intención de continuar profundizando, en la medida de nuestras posibilidades, en la cultura del Señorío de Molina, para lectores ávidos de hallar territorios singulares en la vorágine homogeneizadora de la globalización.

La señorialización en el Señorío

Uno de los aspectos que determinan la naturaleza jurídica del Señorío de Molina es su condición de territorio realengo, esto es, de espacio dependiente de la jurisdicción real. Dicho de otro modo, el territorio podría haber dejado de denominarse “señorío” al cesar la posesión de la dinastía condal en 1293 y pasar al poder de la monarquía castellana, pero conservó siempre el rango de demarcación perteneciente al dominio directo del rey. Otros territorios hispánicos que conservaron esta misma distinción, fueron Vizcaya, siempre junto a Molina en las intitulaciones reales castellanas desde al menos 1332, y Balaguer, que se ha reservado para los herederos a la Corona (Barquero y Fernández, 2007: 31). Asimismo, los reyes de España ostentaron los títulos de señores de Frisia, de la Marca Eslavona, del Puerto Naón, de Trípoli, de Malinas, de Salins y Pordenone, utilizados por Carlos V y sus sucesores, hoy en desuso.
Sin embargo, no todo el territorio molinés quedó integrado en la jurisdicción real. Una forma que tuvieron los señores de Molina, ya fueran los condes o los reyes, de congraciarse con la nobleza y el clero, fue conceder el dominio sobre determinadas aldeas, caseríos y dehesas en diversas épocas. De este modo, aunque la mayor parte del territorio permaneció en el realengo, algunas aldeas enclavadas en el “suelo” de Molina pasaron a ser en diversas épocas señoríos particulares.
Este fenómeno fue tan habitual en la Europa medieval y moderna que sería imposible contabilizar los casos; no obstante, enumeremos algunos: en el vecino territorio de Calatayud fueron quedando en jurisdicción señorial aldeas como Campillo de Aragón y Villaluenga (Orden de Jerusalén) (Motis, 2005:105-106); en Albarracín fueron señoríos nobiliares Santa Croce y Gea, así como un amplio conjunto de heredades como Los Leopardes, Losares o Pelpuz, éstas últimas pertenecientes a los Garcés de Marcilla, tan vinculados a Molina (Berges, 2009: 41-69, 414-419). En la Tierra de Cuenca, es bien conocida la apropiación en el término de Cuenca de Utiel, Moya, Torralba y Beteta, con sus aldeas por parte de los Albornoz, y de Priego y Cañaveras por parte de los Carrillo de Mendoza, que también extendieron su señorío a Castilnuevo, como luego se verá (Ortega, 2006: 123-167).
En nuestro caso, a pesar de que los pueblos que fueron cayendo en manos señoriales se distanciaron en el plano jurisdiccional del ámbito realengo de Molina, siempre se supo ubicarlos dentro del territorio que nos ocupa, como ocurrió en general en otras partes. Un ejemplo que me gusta citar siempre es el de Fitero, perteneciente a la Orden de Calatrava, y no por ello excluido del reino de Navarra, ni de considerarse navarros a los fiteranos. Tampoco la condición señorial de una importante parte de la actual provincia de Teruel adjudicada a las órdenes del Temple primero y después a la del Hospital (las bailías de Aliaga, Castellote y Cantavieja) supuso duda de su adscripción al reino de Aragón.
¿Qué eran los señoríos particulares?

El proceso de señorialización de lugares del alfoz de Molina, si bien no se puede considerar excesivo en comparación a otros, significó la caída en la servidumbre de un nutrido número de aldeas, caseríos y dehesas del territorio, cuyos habitantes quedaron sujetos a la jurisdicción de señores pertenecientes a la nobleza, el clero o las órdenes militares. De este modo, hemos calculado que en torno al 19,5% del espacio territorial molinés habría quedado en manos particulares (fuera del realengo) entre los siglos XII al XVIII.
¿En qué se diferenciaban los pueblos, caseríos y dehesas de señorío de los del resto de la comarca? Se trata de una cuestión tan complicada, como compleja era la realidad jurídica, política, social, económica, civil y eclesiástica de la Europa del Antiguo Régimen, y existían tantas excepciones a las normas que es difícil enumerar una de carácter general. Intentémoslo al menos:

a) Como señalamos más arriba, estos señoríos habían pertenecido al dominio de los condes o a los reyes, señores de Molina; eran, por lo tanto, aldeas como las demás del territorio. Sin embargo, por alguna razón política, económica o incluso espiritual habían sido entregadas a un señor. Por ejemplo, parece probado que la entrega jurisdiccional de Alcallech (Aragoncillo) Buenafuente y su término a los canónigos regulares de S. Agustín primero y las monjas Bernardas después, por parte de los condes de Molina, se hizo a fin dotar de rentas al monasterio, en última instancia para beneficio de sus almas tras su muerte (Villar Romero, 1987).
b) No obstante, hay que destacar que también se entregaron determinadas aldeas, caseríos o espacios despoblados para asegurar una repoblación más efectiva. Habría sido el caso de Buenafuente, pero también de Embid, despoblado en el siglo XIV y vuelto a repoblar a través de la concesión de la aldea y su término a un Diego Ordóñez de Villaquirán en 1331 (Salazar y Castro, 1696, 271).
c) Los términos donados, estaban sujetos al gobierno de un señor feudal, ya fuese un noble, el abad o abadesa de una orden religiosa o el prior de una orden militar. Un señor que tenía potestad para judgar los casos acaecidos en su jurisdicción, recaudar tributos entre sus siervos, obligarles a ejecutar trabajos en sus tierras (reservas señoriales, sernas) y elegir los cargos de gobierno del concejo en el caso de las aldeas, las cuales muchas veces adquirieron el rango de villas, independientemente de su tamaño.
d) Las villas señoriales solían estar gobernadas por dos alcaldes ordinarios, encargados de gobernar e impartir justicia en ausencia del señor, o en casos de poca importancia, quedando para el señor los casos más graves y de mayor cuantía en cuanto a las penas. Uno de los elementos que no solían faltar en estos pueblos eran la picota y la horca, de modo que, aún hoy, algunos de ellos han conservado en las proximidades del núcleo habitado cerros denominados de este modo.

Tal es el caso de El Pobo (Cerrillo de la Horca), Villel, Establés, La Yunta o incluso Buenafuente (Cerro de la Horca), como hemos podido comprobar. Asimismo, en Cuevas Minadas se ha conservado también dicho topónimo donde hasta hace no demasiado se hallaba la picota de madera de sabina, mientras que en Torrecilla del Pinar también se documenta la existencia de un rollo jurisdiccional de piedra desaparecido en la segunda mitad del siglo XX (Martínez, 2003: 173 y 188).
e) En cuanto a sus leyes, los términos de jurisdicción señorial se regían por fueros y ordenanzas diferentes a los demás pueblos de la jurisdicción de Molina, aunque en general no diferían excesivamente de las de los pueblos realengos. Un ejemplo de ello habría sido que Castilnuevo, pese a haber soportado durante siglos una férrea posesión señorial,  todavía a principios del siglo XX conservaba multitud de usos y costumbres idénticos a los del resto de los pueblos del territorio (Soler, 1921: 119-135).
f) Al salir del ámbito en el que se aplicaba el fuero de Molina, los términos quedaban fuera de la comunidad de montes, pastos y aguas en él dispuesta y por ello, en la mayoría de los casos, los ganados de los señores y los de sus vasallos no podían salir a pastar al resto del territorio.
g) Por su pertenencia a una jurisdicción señorial, por tener normativas diferentes (o no exactamente iguales) y regímenes tributarios distintos, los pueblos que iban quedando en señoríos particulares, abandonaban su pertenencia al Común de la Tierra de Molina, lo que suponía un grave daño económico al campesinado de las aldeas, puesto que con ello se incrementaba la cuantía de tributos en los encabezamientos (repartos del monto a pagar) por aldea y, consiguiente por familia aldeana. Fueron múltiples los pleitos entre la Común y los poderes feudales, especialmente en la Edad Media, para que las aldeas, caseríos y dehesas enajenadas del realengo retornaran a él.

Unas veces la Común logro la reversión de las aldeas al realego molinés, como fue el caso de los pueblos de Establés y Anchuela del Campo, captados por los duques de Medinaceli entre 1467 y 1488. También esta institución aldeana logró que otros pueblos y caseríos fueran conservados en el realengo, como Cobeta, La Olmeda y El Villar (recuperados, al parecer en 1334, aunque vueltos a perder en 1444), Motos (1478), Pálmaces (1485), Bétera y El Pedregal (1488), Novella, Ribera y Tajada o Tejada (1490) (AGS, RGS, 148802,27; 147801,224; 148502,149; 148802,127; 149003,413).

Pero en otras ocasiones sus acciones fueron infructuosas; tal fue el caso del pleito contra Alonso de Ayllón, señor de Cuevas Minadas, en el que actúan conjuntamente el Concejo de Molina y la Común (1574) reclamando que este pueblo y su término pertenecen a la jurisdicción de Molina y al Común de sus lugares. La sentencia, dada en la Chancillería de Valladolid dio, no obstante, la razón a Ayllón, quedando Cuevas Minadas para él (ARChV, Ejecutorías, caja 1284,30).

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